
Comentábamos en el ensayo de la semana pasada, “Hacia el control del cerebro emocional”, sobre el contenido de un fragmento de una frase de Emilio Aragón, en la que hacía referencia a lo que era el lanzamiento al vació en paracaídas, “No tienes la certeza de que se va a abrir, pero si la confianza de que lo hará”, e igualmente, nos referíamos en otro aparte, a Paul MacLean, director del laboratorio de evolución cerebral y conducta del Instituto Nacional de Salud Pública de Estados Unidos, quien basado en sus meticulosas investigaciones, llegó a la conclusión, “Los dragones del edén” de Carl Sagan, que envés de uno, lo que tenemos son tres cerebros, “Cerebro Trino”: complejo reptílico o cerebro arcaico, sistema límbico o cerebro emocional y neocórtex o cerebro racional. Ver ensayo
En el ensayo “Someter al toro en el ruedo: un seguro de vida para el torero” , publicado por este portal el 5 de febrero de 2008, explicaba, que de acuerdo a mi apreciación, que partía de la observación continuada y repetitiva de un número apreciable de fotos, videos y corridas, podía inferir, que el toro cuando se desplaza o embiste con la cabeza alta es más susceptible de responder a las perturbaciones circundantes, aún las más imperceptibles, que cuando humilla al acometer; y que en la medida en que más bajaba la cabeza, en esa misma medida se concentraba aún más en su objetivo, llegando al clímax cuando se le lleva sometido en todo el sentido de la palabra, que de acuerdo a mi particular definición, acontece cuando el torero recibiendo al toro de frente y centrado a sus pitones, le hace describir una trayectoria circular a su alrededor, lo más cerca posible de su cuerpo, y con el hocico pegado al suelo, punto en el cual, el torero prácticamente no corre peligro alguno: toro centrado en un ciento por ciento en el engaño que se desplaza a velocidad constante a su frente y con el torero plenamente absorto en su ejecutoria. Ver ensayo
Comentaba en la columna del jueves pasado, “Nimeño II: Lesión cervical”, que la forma como suelen asistir a los toreros que caen de cabeza sobre la arena después de una voltereta, no era la más adecuada, en especial, cuando estos perdían el sentido tras impactar contra el suelo. Ver ensayo
Si nos detenemos a examinar los dos últimos ensayos publicados por este medio, “Nimeño II: Lesión cervical” y “Pepe Luís Vargas: La femoral”, se puede inferir, que a pesar de los innumerables riesgos que los toreros suelen correr en el ruedo, la investigación de los percances, al estilo de la investigación de los accidentes en la industria (lesiones personales, daños a la propiedad y pérdidas en los procesos), en lo que al toreo se refiere aún se encuentra en pañales. Ver ensayo
El 10 de septiembre de 1989, en ArIes Francia, Cristian Montcouquiol, Nimeño II, 35 años, casado y con 2 hijos; en ese entonces la figura más relevante del toreo francés, sufrió una voltereta impresionante de un toro de Miura, “Pañolero”, de 549 kilos, que le lesionó la columna cervical, dejándole tetraplejico (fractura y luxación de la tercera y cuarta vértebras cervicales), y en un grado tal de depresión, el objeto de su vida era torear y solo torear, que años más tarde, le llevó a optar por el suicidio, como única opción viable. Ver ensayo