Exactamente, ya sea con la capa, ya sea con la muleta, acorde a su estructura, hay que darles el tratamiento que a bien les correspondan.
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Y a propósito ¿Cuál sería esa estructura?
Si en primer lugar, nos referimos a la muleta, y en particular al pase natural, ese que se ejecuta con la mano izquierda, de frente y centrado a las astas del toro, con el engaño adelantado y paralelo a sus pitones; asumiendo para el caso una tarde sin brisa, la tela, flácida, tal es su estructura, penderá perpendicular a la arena. Y si el torero, tomando la muleta por el centro del estaquillador (su centro de gravedad) incita al toro a arrancarse, y una vez llegado este a jurisdicción, templado y mandado se lo lleva humillado hacía afuera y hacía atrás, haciéndole describir durante el recorrido una trayectoria circular, sencillamente la tela, en su desplazamiento, a excepción de sus pliegues internos y externos, que pueden moverse libremente, como el aleteo de una mariposa, ha de conservar hasta el remate, su plano perpendicular a la arena, tal cual, como se encontraba en el momento del cite.
Para el caso, la flacidez del engaño, y su perpendicularidad respecto a la arena, no tiene por que modificarse, si es que lo que se pretende es transmitir en su expresión más sublime (toro mandado, templado, y por ende sometido), toda su magnificencia. Aunque en los pases con la mano diestra, nos ayudemos con el estoque, y muy a pesar de que la velocidad de desplazamiento podamos incrementarla un poco más respecto a la del pase natural (la espada incrementa su rigidez considerablemente), para estos casos también es de tener en cuenta, por estética, una velocidad límite, que impida que la tela se incline o se quiebre en su desplazamiento (vuelos inferiores retrazados respecto a la posición momentánea del estaquillador).
Entonces ¿Cuál sería el procedimiento a seguir para que el temple, asociado con la perpendicularidad del engaño, se dé en su máxima expresión durante la ejecutoria del pase?
En primer lugar, contar con la suerte de que de toriles salga un toro, aquel que además de edad, peso y trapío reglamentarios, amen de una cara respetable, acuse una dosis tal de bravura, que permita con clase, repetir, acucioso y humillado, una y otra vez al engaño. En segundo lugar, ha de primar en el torero, el hacer las cosas bien y el estar plenamente facultado para ello.
hiqueros, prepararlo para la muleta (obviamos a propósito el prepararlo para la suerte suprema), dándole el castigo justo en la suerte de varas y en banderillas, a tal punto, que por nada le vayamos a incapacitar para la muleta, a fin de que, cuando se cite por naturales o por derechazos, llegue al engaño con el compás apropiado, ni muy rápido, ni muy lento, lo justo, para que en los casos anotados, acorde a la estructura del engaño, rígida o flácida, según este o no, ayudada con la espada (válida igualmente para la capa, en especial en los lances a la verónica), esta se mantenga en todo su recorrido, perpendicular a la arena y sin deformarse. ¡Que así sea!

